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1. El hombre que no hincó la rodilla
Hijos de la Guerra Eterna es una serie de relatos de fantasía oscura ambientados en un mundo donde la guerra nunca termina y el honor se paga con sangre. A través de crónicas marcadas por la fe, la ruina y la memoria de los caídos, estas historias exploran el destino de caballeros, monstruos y héroes condenados a luchar bajo cielos de ceniza. Inspirados en la atmósfera grimdark del Viejo Mundo, los relatos combinan épica, tragedia y una mirada humana sobre la batalla: no solo la gloria del combate, sino también el miedo, la pérdida y el silencio que queda cuando todo ha terminado. Cada texto funciona como el testimonio de un cronista que observa cómo los imperios se quiebran y cómo, incluso en la oscuridad más profunda, algunos siguen empuñando la espada por algo en lo que aún creen. Una colección pensada para lectores de fantasía épica, amantes de Warhammer y de las historias donde la belleza y la brutalidad caminan juntas. Porque en la guerra eterna no todos sobreviven… pero algunas historias merecen ser recordadas.
RELATOSHIJOS DE LA GUERRA ETERNARELATO CORTO
2/6/20265 min read
1. El hombre que no hincó la rodilla


Dicen los ancianos de Bretonia que no hay mayor honor que morir con la lanza en ristre y el nombre de la Dama en los labios. Aquel día, muchos caballeros lo hicieron.
Nadie recordaba un silencio tan amargo antes de una batalla. Ni siquiera los campesinos —esos que siempre miran al suelo por temor a su señor— podían ignorar los halagos y las rosas que los bretonianos lanzaron a sus pies cuando marcharon rumbo a enfrentar al enemigo. Ya los daban por muertos antes incluso de emprender su misión de contención.
El duque Krabad de Barceló sobrevolaba las filas de caballería montado en su pegaso real. Su armadura estaba grabada con juramentos tan antiguos como su linaje, y en su escudo relucía el símbolo de la Dama, intacto pese a incontables campañas. Cuando posó su montura en tierra y alzó la lanza, los caballeros golpearon sus escudos al unísono, sin necesidad de discurso alguno.
La damisela avanzó hasta el frente, desmontó de su corcel negro y hundió su báculo en la tierra. El viento cambió. El agua de los odres tembló. Durante un instante, muchos juraron ver reflejos plateados en el aire y comenzaron a entonar sus plegarias para que Ella los protegiera en la batalla.
Entonces llegaron los dragones.
No descendieron de inmediato. Volaron alto, lentos, describiendo amplios círculos como buitres divinos. Ambos tenían escamas rojas, marcadas por cicatrices de guerras anteriores incluso al ascenso del Imperio. Sobre el lomo de uno de ellos se alzaba un príncipe élfico, portando en el rostro la elegancia y la arrogancia que caracterizan a su raza. Aquel era el artífice de la destrucción que había llevado la guerra hasta las tierras de los humanos.
Los dos dragones se posaron y lanzaron un rugido al unísono que hizo temblar el suelo y los corazones de quienes lo escucharon.
Los elfos dieron el primer paso, y la carga bretoniana fue inevitable.
Los caballeros avanzaron como una marea de acero y fe. El Relicario —un caballero santificado que seguía cabalgando incluso después de reunirse con la Dama en el más allá— marchaba entre ellos, sostenido por los hombros y la devoción de los peregrinos, rodeado de cánticos. Los Caballeros del Grial mantenían la formación, esperando el momento exacto para embestir con sus lanzas. El choque contra la infantería élfica fue brutal: lanzas atravesando corazas, cuerpos arrojados al suelo y sangre oscureciendo la hierba.
Pero los altos elfos no retrocedieron, y el cielo se derrumbó sobre las cabezas bretonianas.
Uno de los dragones descendió en picado; su sola presencia fue suficiente para desorganizar a los jóvenes e impetuosos Caballeros Andantes. El segundo cayó cerca de la unidad de Caballeros del Grial, pero los hombres que habían bebido del cáliz no se desmoralizaban con facilidad.
Fue entonces cuando el duque vio al príncipe élfico y no dudó en su misión. Espoleó al pegaso y ascendió con furia, lanzándose directamente contra el dragón rojo. Ambos ejércitos parecieron detenerse al contemplarlos. El aire se partió cuando chocaron en pleno cielo. La lanza bretoniana atravesó una escama y se hundió en el cuello del dragón. La bestia rugió con un sonido que hizo sangrar los oídos, y el impacto los lanzó al suelo.
Los dos guerreros cayeron juntos.
El dragón se estrelló contra la tierra, levantando una nube de polvo y fuego; aún seguía con vida. El duque rodó varios metros, abollando su armadura y dejando su escudo hecho añicos. Krabad de Barceló se levantó con dificultad y entonces pudo ver al príncipe élfico en todo su esplendor: la melena rubia al viento, el rostro manchado de sangre y la determinación ardiendo en sus ojos.
El elfo desenvainó una espada larga y fina que parecía cantar al moverse. El duque respondió sacando la suya, mucho más pesada y tosca. Ninguno pronunció palabra. Ya estaban todas dichas, y ninguna había sido capaz de detener la guerra.
El duelo fue rápido y feroz. El elfo atacaba con precisión perfecta, cada golpe buscando una abertura mínima. El duque respondía con fuerza bruta, y con cada mandoblazo obligaba a retroceder a su oponente. La espada élfica cortó el yelmo bretoniano; la hoja humana astilló una hombrera élfica. La sangre de ambos regó la campiña.
Un zarpazo por sorpresa del dragón hizo que el duque perdiera estabilidad. El príncipe gritó algo en su lengua antigua, ordenándole que se apartara, y la criatura obedeció. El duque se incorporó a tiempo, agradeciendo en silencio la cortesía de su rival, y volvió a lanzarse al ataque. Estaba al límite de sus fuerzas.
La contienda se prolongó unos minutos más, hasta que el duque no pudo continuar. El príncipe élfico aprovechó la ocasión y ejecutó su movimiento final. La espada élfica encontró una juntura en la armadura, bajo el brazo. El duque cayó de rodillas. Aun así, intentó levantarse una última vez y, con un grito final dedicado a la Dama, alzó su espada para ensartar el pecho de su enemigo. Pero no halló carne en la que hundirse.
Ambos quedaron arrodillados frente a frente. El héroe de Ulthuan observó la valentía y el orgullo que refulgían en los ojos del humano y sintió envidia. El duque murió sonriendo, con la espada aún aferrada entre los dedos.
En la otra parte del campo de batalla, el dragón gemelo reducía el Relicario a un amasijo humeante de madera sagrada y huesos venerados. Los rezos se apagaron en gritos. Después llegó el turno de los Caballeros del Grial, que, aunque resistieron —rodeando a la bestia, clavando sus espadas en la carne escamada y obligándola a retroceder—, pagaron un precio terrible. Syraleth, Ojo de Ulthuan, un águila gigante al servicio del príncipe, cargó sobre ellos, otorgando al dragón el tiempo suficiente para recomponerse y acabar con los últimos caballeros.
A pesar de sus hechizos y bendiciones, la damisela también fue abatida por las flechas de los arqueros. Los restos de la caballería se dispersaron, y los altos elfos reclamaron el campo. Cuando el sol se puso sobre vencedores y vencidos, solo quedaron cuerpos y ceniza.
Y así terminó la batalla. Pero no lloréis por los hombres que dieron su vida por el reino, pues su historia quedó escrita con sangre y acero para que el mundo recuerde que los hijos de Bretonia no saben inclinar la cabeza ante quien viene a destruirlos.






